Hospital de día: La ética de la singularidad

Caos y otros sucesos

Hospital de día: La ética de la singularidad

Autoras: Altamirano, Florencia; Di Cianni, María Liliana; Ramos, Melina; Rolando, Daniela; Valdés Marteles, Victoria.

Usuarios, talleristas, psicólogos, trabajadores sociales, psiquiatras, enfermeras y voluntarias formamos parte del Hospital de Día como participantes.

Elegimos nombrarnos de esta manera porque consideramos que aportamos, cada uno desde su saber, función o lugar, a la construcción de este dispositivo comunitario al interior de un hospital público. Por otro lado, desde el equipo técnico intentamos (más allá de la disciplina a la que pertenezcamos) guiar nuestra práctica por la dimensión ética en la que nos orienta el psicoanálisis. Partiendo de estas premisas, trataremos de dar cuenta de un posible encuentro entre el abordaje psicoanalítico, un dispositivo comunitario y la oferta propia de un hospital público.

Comenzaremos por tomar dos afirmaciones que formula Jacques Lacan. La primera señala: “la psicosis es aquello ante lo cual el analista en ningún caso debe retroceder”[1] y la segunda advierte: “Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época.”[2]

Habitamos un dispositivo institucional que nos interpela desde diferentes discursos, y que además, se rige por normas propias que se anteponen “para todos”. Advertimos también la importancia de mantener distancia de los ideales institucionales de normalidad, de adaptación y ubicar cierto saber hacer con ellos para que no supongan la desaparición de los sujetos (incluidos los analistas) en la institución. Agregamos que el psicoanálisis nos enseña que no hay un bien trascendental ni imperativos universales, sino que se trata de ocuparse de la verdad de cada sujeto a través de los significantes que marcan su historia.

En íntima vinculación con lo precedente, señalamos una frase que acompaña desde los inicios al hospital de día, como una suerte de lema fundacional: “Un lugar para los que no tenían lugar.”

Una oferta que recibe a quien se acerca a participar, que viene por interés propio, derivado por quien lo atiende o por recomendación de un familiar. Entonces, el recorrido comienza con un primer encuentro que a veces desemboca en el inicio de un camino. Otras es una posibilidad que queda a la espera de ser puesta en juego. Se oferta la participación en espacios de talleres, los cuales al estar inscriptos en un espacio y tiempo determinado, establecen un corte a lo metonímico en las psicosis. El interés por aprender algo, ejercitar o perfeccionar un saber procura el territorio propicio donde empezar a tejer una trama: conversar con otros, sumarse a un proyecto grupal, ser uno más, semejante y a la vez distinto de otros. Alguien comienza a ocupar un lugar, lugar que se registra también en sus momentos de ausencia.

Así es como el primer movimiento al interior del dispositivo, es el de recibir a un sujeto, lo que significa alojar su padecimiento y también su posibilidad, es ser hospitalarios con su decir, sus silencios, sus producciones. Disponernos a no saber y que de esta forma se de lugar a algo que no esperamos, a poner entre paréntesis los ideales y las “buenas” intenciones. Ese protagonismo del decir de los sujetos deviene el primer movimiento subjetivante que recupera o inaugura un proyecto vital singular. Proponemos un espacio que funcione como laboratorio donde el sujeto cree un modo novedoso y singular de lazo social que acompañe el tratamiento del malestar. Entendemos laboratorio en su acepción de “lugar de trabajo” que brinda los medios necesarios para “investigar o crear”. Ese mismo movimiento, nos invita (a veces nos obliga) como profesionales de la salud, a pensar también nuestra práctica de una forma artesanal creando, dentro del laboratorio, nuestro estilo singular de circulación e intervención. Los resultados de las experiencias en este espacio de experimentación, pueden ser entendidos como formas inéditas de encuentro.

¿Cuáles son las particularidades de nuestra propuesta? Supone el horizonte de abordaje, de manera dialéctica, de los dos principales elementos que confluyen en el sujeto: el sufrimiento psíquico y la exclusión social. Nos interesa colaborar en la disminución del estigma que acompaña a las locuras y en la estabilización de los síntomas de la estructura psicótica.

Para ello, el centro del abordaje cotidiano y la lógica que comanda nuestras intervenciones toman como punto de partida la articulación entre dos dimensiones: aquella que atañe a la singularidad y la propuesta de participación en un taller grupal. Es decir: acompañar, sostener y legitimar el derecho de los participantes a ubicarse en su recorrido social y singular en torno a una construcción nominal propia: artistas, escritores, vendedores, poetas.

En los talleres se ensayan escenas al interior del dispositivo que luego podrán desplegarse por fuera del mismo. Para ello, resulta indispensable habilitar la circulación de la palabra de los participantes, quienes por su padecimiento muchas veces han sido arrasados por prácticas que los suponen incapaces de decidir o discernir.

En este recorrido, la dirección apunta hacia la operación de producción: una producción colectiva que permita, a su vez, una producción singular. Encontrar un lugar propio, diferente, pero en una serie que incluya al otro. Sabemos que, el apoyo del semejante es fundamental para sostener esta apuesta. Sin embargo, es menester atravesar toda una serie de particulares para que algo de lo singular no sea omitido. Como señala Lacan, “solo vale la pena sudar por lo singular”. Implica esfuerzo, incomodidad, y una disposición en la escucha que no intente anular lo diferente en vías de la adaptación del sujeto, o la normalización de conductas. Tampoco se trata de devolver capacidades perdidas, sino apoyarse incluso en la tensión entre “lo normal y lo patológico”. No se intenta tampoco hacer encajar al individuo en lo establecido, sino que apuesta a que surja lo singular, y eso no se da de otro modo más que por un “feliz azar”.

Inserto en una cultura y una época, el Hospital de Dia oficia como “guardián de los simbólico” en tanto lo simbólico es el principio que otorga a cada uno su lugar, en la medida que este lugar es compatible con otros. Rivas señala que el hospital de día, es decir, la institución, puede jugar el papel de referente simbólico, o ser un lugar donde se teje una red significante en la que ortopédicamente, al menos, podría inscribirse el psicótico.

Elegimos concluir con una cita:

El psicótico “nos habla de eso que le habló”, dice Lacan en El Seminario. Libro 3: Las psicosis (Lacan, 1981, p. 24). “Pero es interesante notar cómo cada sujeto participa en crear las condiciones para hacerlo. Y cómo ese participar, activo, lo constituye como sujeto”[3]

Por último, nos gustaría señalar que habitar “un lugar para los que no tenían lugar”, es de la mano de algo de inventiva y creatividad. A veces alcanza con “abrir una puerta”, y habilitar y acompañar el paso a lo que surja. Muchas otras, sirve como un “entre” el adentro y el afuera, enlazando salud y comunidad. En ocasiones damos voz, y “guardamos custodia” de los dichos en un ambiente de confianza. Todos somos participantes y creadores del espacio, y eso es lo que, como profesionales, también “nos sirve de Hospital de Día”.


NOTAS

  1. Lacan, J. (1981). El Seminario. Libro 3: Las psicosis (1955-1956). Buenos Aires: Paidós.
  2. Lacan, J. (1987). El Seminario. Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964). Buenos Aires: Paidós.
  3. Leibson, L. (2015). Consideraciones acerca del lazo psicótico. Anuario de Investigaciones de la Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, 22(2), 137-142.

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